El Rey Gelido de la Puna

Expedición realizada en mayo de 2000

En uno de los climas más riguroso de la cordillera de los Andes, donde  el viento está presente siempre, y la sequedad del aire helado momifica cualquier vestigio de vida, reina el monarca de la Puna: el Llullaillaco.

Entre la inmensidad de salares, volcanes de mas de 6000 metros y restos precolombinos yergue su majestuosa figura desafiando a andinistas y científicos a desentrañar sus secretos.

Introducción:

Todo montañista de altura ve en el Llullaillaco un preciado objetivo deportivo, pero tarde o temprano todos los que caminan sus laderas, coinciden en que el misticismo y los secretos precolombinos es lo que hace única la experiencia vivida en el cerro.

Siempre creí que el título apropiado para una nota sería relacionado con esos sentimientos, pero el hecho de ser los primeros argentinos en dirigirnos a él, luego del paso de Johan Reinhard y la Expedición de la National Geographic, hizo que esa certeza cambiara. Por eso, quizá influenciados por los dolidos espíritus de la gente que vive en la Puna y siente que las momias fueron robadas de la cumbre, sentimos más apropiado hablar de “la montaña gélida”, por el frío que soportamos y por el que se percibe por la ausencia de las ofrendas, que los incas depositaron para siempre y en 1999 fueron bajadas.

El Volcán:

De difícil traducción, principalmente son dos los significados que se le asignan a la expresión quechua Llullaillaco. Una posición indica que sería “laguna cenagosa”, de llullu: cosa blanda, fofa y yaco: agua. Otra indica que el significado sería  “agua mentirosa”, de llullai o llulla: mentir, engañar y yaco o llaco: agua.

El primer ascenso deportivo, como él mismo lo denominó, lo realizó el andinista chileno Bión González León, junto con su compañero Juan Harseim. Pisaron el punto mas alto a las 19.20 del 1ro de diciembre de 1952, luego de caminar desde las 5.30 hs. Además de ellos, la expedición estaba integrada por dos andinistas mas, que los esperaron en el campamento de 5500 mts.

En la cumbre encontraron leña y Harseim vio un pedazo de cuero en la grieta donde depositaron el testimonio.

Atrás quedaron serios intentos por alcanzar la cima y estudiar los restos arqueológicos. La primera expedición histórica data de 1938 y fue organizada por Jorg y Mazza. Fueron en búsqueda de la “chúngara”, caverna donde los incas guarecían las arrias de llamas en su paso a través de los Andes. En 1950 y 1951 se realizaron dos intentos (Alonso y Dangl respectivamente) y finalmente la cumbre es alcanzada en 1952. En 1953 Hans Rudel realiza la segunda ascensión perdiendo la vida Nendel en el glaciar oeste. En 1954 vuelve el alemán al frente de una gran expedición apoyada por Perón, realizando importantes estudios. En 1958 y 1961 Mathias Rebitsch dirige su grupo al misterioso volcán. En 1971 el Dr. Orlando Bravo y en 1974 Antonio Beorchia Nigris realizan descubrimientos relevantes. Johan Reinhard asciende en 1983, 1985 y 1999.

De San Antonio a Tolar:

Casi una semana de descanso y monótonos días transcurrieron en San Antonio de los Cobres, esperando a Alejandro Giménez que llegara desde Salta, para unirse a nuestro grupo. Luego del ascenso al Socompa aguardábamos confiados el gran desafío que representaba el Llullaillaco y hacíamos cálculos de distancias y tiempos. Con el informe de Jaime Suárez en nuestras manos especulábamos con lograr el éxito que la expedición que él dirigiera en 1995 había tenido sobre nuestro objetivo. Como siempre, antes del intento a una de las más altas cumbres de occidente ultimábamos detalles, revisábamos todo una vez mas y tratábamos de recabar la mayor cantidad de información posible.

Pese a haber recorrido casi la totalidad de las calles, haber cruzado por el frente de las 769 construcciones y prácticamente saludado a los 3441 habitantes, todos coincidimos que lo más saludable, además de la hospitalidad puneña, eran las milanesas y empanadas de Víctor (sin olvidar la cerveza, que nunca llegó a confundir nuestras ideas pero sí a alegrar las frías noches)

Finalmente el 26 de abril, luego de “escalar” el viaducto la Polvorilla, visitar las termas de Pompeya y un intento fallido de pesca en el río San Antonio de los Cobres, inducidos por los militares que aparentemente conocían los secretos de los meandros del lugar, partimos de la ex capital del Territorio Nacional Los Andes.

Luego de unas horas de viaje llegamos a Tolar Grande. Llenamos el tanque y los bidones extras de Gasoil y continuamos hacia la cueva de sal, conocida como “el paso del hombre muerto”.

Comenzamos a atravesar el salar de Arizaro y luego giramos rumbo sur. La sequedad del ambiente y el viento frío hacían más remoto e inhabitable la inmensidad de la puna en ese recodo. Aquí el blanco del salar se ve salpicado por conos de sal coloreados, que alcanzan alturas de casi cincuenta metros. En la base de uno de ellos, encontramos la casi imperceptible entrada a al cueva. Por lo que apreciamos, un hilo de agua talló a lo largo de la historia, una gruta comunicada con el exterior por dos túneles que hay que atravesar arrastrándose entre el barro. El espectáculo en su interior es grandioso con estalactitas y estalagmitas de un blanco perfecto. La oscuridad es absoluta y solo se quebró por los haces de luz de nuestras linternas. Salimos luego de fotografiar el extraño lugar y rodeamos caminando el cono. Ya anocheciendo emprendimos el regreso a Tolar Grande. A poco de andar pinchamos una cubierta a manos de los filosos cristales de sal y decidimos pasar la noche en el poblado para reparar las ruedas.

Vimos el partido por las eliminatorias de Argentina (ganó 4 a 0 a Venezuela) y cenamos en una casa donde sus propietarios venden comida y bebidas.

Mina Arita.

Al otro día, nos levantamos y partimos hacia Mina Arita, con la idea de luego continuar hacia Caipe o La Casualidad.

La senda discurre por Arizaro y hay veces que se pierde entre las duras rocas saladas. Luego de 65 km. llegamos a la abandonada mina de ónix y conocimos a Carlos Rodríguez. Nos explica que no cuida sino que vive allí. Que la explotación concluyó en 1980 y él habita desde 1970. Trabajó 10 años como minero y luego se quedó ya que no quiso volver a la civilización. No baja a Tolar Grande desde hace años y solo tiene contacto con el mundo externo a través de la radio AM que cuida como un tesoro. Al no haber agua tiene que caminar 4 km. en busca de ella y acarrearla con sus burritos. Sobrevive cazando vicuñas y con los regalos que le hacen los visitantes.

Recorrimos el lugar y compartimos un rato con Carlos. Le preguntamos por parajes cercanos a su casa y luego decidimos ir a conocer el cono de Arita. El extraño cono se levanta del salar y llega hasta los 3689 metros. En la cumbre hay una placa recordando el esfuerzo de los pioneros de la explotación.

Varias anécdotas quedaron de lo vivido en la mina y luego de haber permanecido varias horas por aquellos parajes, regresamos hacia la ruta 27 para continuar hacia Caipe.

Unos kilómetros mas adelante una nueva pinchadura cambiaría el rumbo de la expedición. Con los dos auxilios pinchados la única opción que teníamos era volver a Tolar.

La sorpresa sobrevino cuando el único gomero anunció que una no tenía arreglo y la otra él no la podría reparar. Decidimos entonces quedarnos y aprovechar a seguir probando comida civilizada. Otra vez milanesas, papas fritas y cerveza para festejar. Fabián y Alejandro parten hacia San Antonio de los Cobres para solucionar el problema de las pinchaduras. Toni aprovecha a volver, ya que debido a los percances, calcula que no llegará a Mar del Plata a tiempo para cumplir con sus obligaciones. Pepo se va a dormir temprano afectado por un malestar físico. Con Mariano nos quedamos tomando mas cerveza y haciendo nuevas amistades. Los temas van variando y las botellas van cayendo. Truco, anécdotas, viajes y especulaciones sobre quien ha recorrido mas montañas en la cordillera, nos llevan horas de amena reunión.

Al otro día nos despertamos con la llegada de los chicos con las cubiertas reparadas y nos quedamos en Tolar otro día.

El malestar de Pepo se agrava y pasa todo el día acostado. Por nuestra parte seguimos comiendo y jugando al truco. Ya somos amigos de la mitad del pueblo y a la noche compartimos la cena con el médico y varios ferroviarios. Hablando con el doctor de nuestras intenciones, nos cuenta que tiene el video de la expedición de Jaime Suárez. Rápidamente nos trasladamos a su casa para verlo y vivimos anticipadamente los momentos que vendrían.

Al otro día nos levantamos temprano, acondicionamos todo, cargamos 120 litros de agua en la misma canilla que la noche anterior viéramos que lo hizo la expedición de Jaime y compramos algunas cosas para el viaje.

Voy solo al único almacén y la dueña, una señora de unos 65 años, arrugada por la dureza de la puna, me cuenta que vive con el marido que es jubilado del Ferrocarril y que ya el negocio no deja ni para vivir. Luego me pregunta si somos mineros. Ante mi respuesta que solo somos escaladores en busca de la cumbre del Llullaillaco, me pregunta que es lo que vamos a traer. Nada, solo lo vivido en la lucha por alcanzar la cima. No me cree y charlamos un rato mas hasta que se da cuenta que es verdad. Se nota lo dolidos que están todos por aquí, por el accionar de Reinhard al bajar las momias.

Pepo decide volver a Mar del Plata y aprovecha a bajar en una camioneta que viene de Samenta.

Hacia el campo Base.

Somos solo cuatro los que subimos al vehículo para salir hacia Caipe. Cruzamos una vez mas el rígido mar salado de  Arizaro. Viento, aridez y dureza reinan allí. Los pozos hechos por los arrieros para refugiarse del helado aire es lo único que rompe con la monotonía del salar. Las altas montañas se yerguen altivas en el horizonte. En nuestro vehículo el silencio solo da lugar a nuestras reflexiones. Por nuestras mentes pasan los próximos días. El frío y el viento van a ser una gran barrera que superar. Vamos a estar en mayo cuando comencemos el asalto al rey de la puna. Seguimos absortos en nuestros pensamientos cuando llegamos a Caipe. Recorrimos la estación encontrando paso a paso elementos antiquísimos y perfectamente conservados, pese a que ya no funciona.

Giramos rumbo a La Casualidad dejando a nuestra derecha la herradura de Caipe, sus ruinas incas y las leyendas sobre ella.

Mas adelante con la visión del salar del Río Grande llegamos al portal de La Casualidad.

Sin entrar y con una cuota mas de abrigo seguimos hacia la base de nuestro cerro. Rodeamos la salina de Llullaillaco y faldeamos el cerro Rosado (5483 mts.) llegando al campamento de cine (4600 mts.). Recuperamos el porteo de comida y materiales y continuamos fuera de la senda hacia el Campo base. Una hora y quince minutos después luego de varias subidas duras entre grandes piedras y terrenos arenosos llegamos al lugar indicado.

El sitio está en la base misma de la falda ENE del volcán. El suelo es arenoso y hay un caos de grandes piedras aquí y allá. Bajan dos espolones directamente de la cumbre, marcando entre ambos la ruta lógica desde éste punto. A unos doscientos metros está el cementerio que estudiara Beorchia Nigris en 1974. Dieciséis tumbas dan lugar a innumerables conjeturas acerca de las causas de las muertes. Como conclusión se afirma que seguramente pertenecen a una cultura puneña súbdita de los incas, muertos por frío en la altura, bajados congelados y enterrados sin ajuar en la base del cerro. La posición de los cuerpos así parece indicarlo.

Armamos una carpa para comer y estar durante los días que permanezcamos en el base y otra para que duerman Ale y Fabián. Cenamos picada y tomamos mate hasta la 1:30 hs. alumbrados por velas.

Durante la noche la temperatura bajó a 9º bajo cero y se sintió el frío.

El 30 de abril amanece nublado y la tendencia del barómetro baja 3 milibares. Mariano y Alejandro van en busca del Tambo inca (asentamiento intermedio hacia la cumbre), encontrándolo luego de varias horas de caminata, en los 5200 mts. Sacan gran cantidad de fotos  a la decena de recintos de piedra y vuelven al campamento.

Durante la noche hizo mucho frío y se levantó un fuerte viento que si bien baja aún mas la sensación térmica, barre las nubes que nos cubrieron durante el día.

El ascenso.

Amaneció claro. En el aire se percibía el nerviosismo y la intriga que se respira antes de iniciar un ataque. El viento era fuerte y estabamos envueltos en nuestros trajes rompevientos.

Acondicionamos lo que quedaba y encolumnados y en silencio comenzamos el ascenso. El avance era rápido y notábamos que la aclimatación era óptima. Sobrepasamos el primer lomo y vimos a lo lejos el lugar utilizado por la expedición de Jaime Suárez como asentamiento de su primer campamento.

En dos horas y cuarto llegamos al sitio establecido (5300 mts.) y montamos las tiendas. El frío era intenso y sentíamos que el viento nos arrebataba el calor corporal. Unos penitentes fueron la fuente de agua esa noche y aprovechamos a hidratarnos correctamente mediante la ingestión de litros de té, mate y sopas varias.

Esa noche, envueltos en las bolsas luchamos por conservar algo de calor y no apoyarnos demasiado en las escarchadas paredes de la carpa.

El amanecer nos encontró confiados en alcanzar nuestro objetivo y dispuestos a afrontar otra jornada dura de montaña.

Levantamos el campamento y a buen ritmo nos dirigimos hacia la pirca de los 5500 mts. En una hora la alcanzamos y descansamos un rato buscando vestigios de la cultura incaica. El lugar magníficamente descripto por Beorchia Nigris, Rebistch y Suárez parecía familiar y sentíamos que ya habíamos estado allí.

Continuamos hacia el campo II y finalmente lo establecimos sobre el filo SE, entre las extrañas formas descriptas por la lava solidificada, en el margen de una laguna congelada. Éste lugar fue utilizado por Reinhard en su expedición, como único campamento de altura. Se encuentra levemente mas bajo que el de Jaime pero mucho más reparado del viento y con posibilidad de derretir hielo de la laguna.

Describir el frío sería en vano, ya que fue prácticamente insoportable y el viento azotó las carpas toda la noche. Por nuestra parte nuevamente nos hidratamos correctamente y cenamos sopa de fideos.

A las 5.30 estábamos listos para partir pero la ausencia de la luna, acompañada del implacable frío, la demoró hasta las 7.00 hs. En mi diario, sobre el clima de esa mañana, anoté frío grave. Creo que es una descripción aproximada a la realidad.

El avance era lento y luego de una hora Alejandro decide volver al campamento. Continuamos elevándonos y perdemos la sensibilidad de pies, manos y nariz. La respiración se congela en la barba y las capuchas cerradas. De la nariz caen sin control, ya que no la sentimos, gotas que se congelan antes de llegar al bigote. La campera se pega a la piel de la cara por efecto de la humedad congelada.

La pendiente es pronunciada y finalmente llegamos al filo (6250 mts.) que cae desde el roquerío paralelo al sarcófago. Continuamos por el otro lado del mismo buscando el col tratando de protegernos de los latigazos del viento. Vemos que se acerca una tormenta desde el oeste. Observamos los leños aquí y allá diseminados como lo describen en sus respectivos informes nuestros predecesores, pero nuestro único horizonte es el lejano collado. El aire nos sobra pero el frío nos acobarda.

Al alcanzarlo (6550 mts.) sentimos que la cumbre era nuestra. Una construcción pircada se apodera de nuestros sentidos al llegar y descansamos en la magnífica atalaya que vigila todo desde la altura. A lo lejos el Socompa nos recuerda nuestra reciente ascensión. Observamos el campamento base y el de cine. La pirca está reparada y tiene leña almacenada. Pese a que todos los que han pisado y estudiado el Llullaillaco ya lo han dicho no podemos dejar de admirar a los incas por tan sólidas construcciones a tanta altura. La tormenta avanza y las nubes cubren a veces la cumbre.

Luego de unos tragos de té y un caramelo continuamos el ascenso directo a la cima. El hielo tapiza el trayecto y no encontramos el zigzag del inca que sabemos que existe en esa altura. Sentimos el triunfo cerca, pero el duro hielo nos obliga a rodear un sector ya que no tenemos crampones. Unos pasos mas y una gran roca se entromete entre mis ojos y la cumbre. Cuando la rodeo estoy casi frente a las construcciones más altas del mundo a 6710 metros. Me emociono y le grito a Mariano ¡estamos en las pircas!. Se me mezcla todo, recuerdo a mis hijos, a mis compañeros de montaña y lo que significa el mágico rey puneño. Paso a paso escalo los últimos metros y dejo los bastones para asirme de las rocas que llevan a la cúspide.

El viento nos envuelve y estamos en medio de la tormenta.

Los tres abrazados nos arrastramos por la laja inclinada que nos señala el fin el camino. Está la caja metálica que contiene los testimonios (que considero, salvo mejor información, que es la que depositó Bión González durante el primer ascenso deportivo), la piedra inclinada y la rajadura en la roca que describe Harseim  en el primer éxito contemporáneo. Son las 16.15 hs.

La emoción es inmensa. Filmamos y sacamos fotos. Comienza a nevar y no podemos ver nada porque las nubes ya cubren todo el Llullaillaco. No es posible hacer andar ninguna de las lapiceras que llevamos y las manos enfundadas en los guantes son torpes para manipular los objetos que encontramos en la caja. Leemos los nombres de los integrantes de la expedición de la National Geographic, de alemanes e italianos. Dejamos nuestro testimonio y retiramos un banderín de los germanos.

Rápidamente corremos hacia abajo empujados por la tormenta. Nos detenemos brevemente en las pircas, sacamos unas fotos y continuamos. En el col recuperamos lo que dejamos y continuamos hacia abajo.

En una hora y media estamos en el campamento II. Ya con Alejandro desarmamos todo y corremos hacia abajo en medio de la tormenta.

Luego de dos horas de caminata sin detenernos llegamos ya de noche al base (20,30 hs.)

Al otro día sin poder ver al Llullaillaco por la tormenta desarmamos el campamento, dejamos todo tal cual lo encontramos, juntamos la basura y con los hombros blanqueados por la nieve nos subimos a la camioneta y volvimos meditando hacia San Antonio de los Cobres. Cuanta historia y cuanta vida en las laderas de la misteriosa montaña. Cuantos sueños liberados, cuantas preguntas y cuantas respuestas. Una vez mas el rey de la puna había dejado que hollaran su cumbre.

INTEGRANTES:

Formamos parte de la expedición Fabián González (29), Mariano Buenaventura (24), Alejandro Giménez (31) y Guillermo Almaraz (29) todos de Mar del Plata, menos Alejandro de Salta.

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